En pocos días el Parlamento vota un divorcio menguado con el que el gobierno intenta escapar de esta pesadilla, porque en marzo es la fecha de salida y de lo que parece que será la mayor catástrofe de la historia británica.


Todo lo que esconde el culebrón del Brexit y no le han contado

Por Marcelo Cantelmi para Clarín


Dentro de poco menos de cien días Gran Bretaña convertirá su dramático y enmarañado divorcio de la Unión Europea en un suicidio económico y político. El Brexit es uno de los productos más ostensibles del formato necio que ha elegido la política global en esta era de nacionalismo aluvional. El espectro de una ruptura sin acuerdos que agrave el sin-sentido original de esta iniciativa, esta tendido sobre la mesa. Lo es a partir del rechazo de los propios aliados de la mandataria británica Theresa May para sostener el proyecto tenue y desfigurado que pergeñó con la Unión Europa para que haya un Brexit aliviado en su capacidad de daño.

Pero los costos para el reino serán enormes también por ese sendero ingenuo. Londres seguirá atada a la UE no se sabe por cuánto tiempo y resignando su capacidad de influir en el diseño de las normas que seguirán afectando al país. Es por eso que esta solución alternativa al abismo es repudiada incluso por quienes rechazan el divorcio, y desde ya por los fundamentalistas que plantearon esa ruptura como un elixir, y no el aceite de ricino en que acabó, en el referéndum de junio de 2016.

 

Hace una centuria y media, la guerra franco-prusiana de 1870/71, el conflicto de mayor calado en Europa después de las guerras napoleónicas y antes de la Primera Conflagración Mundial, consolidó a Londres como la plaza financiera global, privilegio que hasta entonces detentaba Francia. Ese desplazamiento se produjo como consecuencia de la derrota aplastante del Reino de Prusia sobre las fuerzas de Napoleón III. El éxito militar dio paso a una indemnización de guerra de tal magnitud que desestabilizó a los mercados de la época. Londres se quedó con ese liderazgo financiero indiscutido justo cuando, paradójicamente, comenzaba a decaer su presencia imperial.

La historia, por momentos, parece bromear con su retórica. El Brexit es la forma envarada y elegante para denominar lo que no es otra cosa que una crisis destinada a transformar completamente el rostro del Reino Unido. Uno de esos cambios radicales será el que removerá a Londres de su lugar central en la economía mundial.

Si bien no sorprende que la preocupación por esta calamidad llegue desde las mayores alturas del establishment, asombra sí la impotencia de esas estructuras de poder real para mantener el orden de las cosas. Quizá ese comportamiento sea la constatación de que hay destinos que ya no pueden torcerse. Lo cierto es que cinco de los mayores grupos económicos de Gran Bretaña llegaron a usar la palabra “horror” en un reciente comunicado para reprochar que la política se embarre en disputas partidistas mientras todo se derrumba a su alrededor.

 

Reclaman medidas ejecutivas frente a un panorama inminente “de enormes costos aduaneros y de destrucción de las cadenas de aprovisionamiento”. Agregaron que las empresas están poniendo en marcha planes de contingencia ante la “significativa perdida de dinero” que acarrerará el divorcio, pero advirtieron que son cientos de miles las compañías poco preparadas para un Brexit desordenado como el que se insinúa.

Esa inquietud no es exagerada. El gigante Airbus anunció ya que se verá forzado a salir del país si no hay acuerdo con Bruselas. La división motores de la legendaria Rolls Royce está almacenando partes y repuestos para disminuir los daños que calculan sus cuerpos administrativos, informa un reciente reporte de la CNN. Nissan, BMW y Jaguar Land Rover están en una situación de alta exposición y dudosa perspectiva. Del lado de los bancos, el Deutsche, Goldman Sachs y Citycorp han mudado ya partes de sus negocios de Londres al continente.

Panasonic anunció que trasladaba su cuartel general desde la capital británica a Amsterdam. Y los alemanes de Schaeffer cerraron dos plantas en el Reino Unido por la incertidumbre que envuelve a todo el proceso. El temor a lo que viene es tal que el ministerio de Defensa alistó a más de 3.000 hombres para proteger puertos y aeropuertos. Al mismo tiempo el titular de Salud, Matt Hancock, informó que su cartera está comprando refrigeradores para garantizar seis semanas de suministros de medicinas. Es la descripción de la “catástrofe absoluta” de la que habla, sin mala intención, el líder de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

Los amantes de las conspiraciones tienen su universo también aquí, suponiendo que todo este drama martillado intensamente desde todas las usinas, se propone vencer a puro miedo la resistencia de los legisladores propios y opositores para que acepten su versión gatopardo del Brexit. May aplazó la votación la semana pasada segura de que iba camino a una derrota amplia. Pateó la decisión para la semana que comienza el 14 de enero. En el medio, ha intentando que Bruselas la acompañe con algún cambio que pueda vender para decorar el paquete. Recibió un portazo. Lo que se negoció es lo que está, le dijeron.

 

Hay otras oscuridades aleteando sobre esta pesadilla. Si se produce una ruptura sin acuerdo, Escocia, uno de los cuatro integrantes del Reino Unido, se plantea independizarse para mantener el vínculo con la UE. Las dos Irlandas, a su vez, también pueden unirse detrás de un proyecto común si aparece un factor externo de dimensión suficiente que lo justifique. Seguirían así el camino de Escocia. La magnitud del desastre es extraordinaria.

Si May fracasa será con este incendio, obligada a dejar el gobierno y con el laborismo como inevitable alternativa. Cuando el líder de esa formación, Jeremy Corbyn, un político profundamente sistémico más allá de los discursos de ocasión, plantea que no es posible desoír el mandato de los votantes que eligieron por la ruptura, especula con que sean los conservadores quienes echen a May. De ese modo quedaría habilitado su camino sin el costo de la batalla y liberado para, posiblemente, hacer lo que su base hace ya bastante le demanda, es decir llamar a otra consulta que entierre el divorcio.

El peor rostro del Brexit es que es un ariete, posiblemente el más poderoso hasta ahora, lanzado contra la unidad europea. Ese objetivo homogeneiza en los dos lados del Atlántico a una revolución conservadora que ha elevado a los altares la insularidad y el rito individualista. Tienen curiosos ídolos. Vladimir Putin, junto con Donald Trump, de los más duros enemigos de la UE, acaba de reclamarle a May que cumpla con el divorcio que votó la gente. Sería interesante que los rupturistas británicos adviertan quién les guiña el ojo. Pero quizá ya sea tarde. Por toda Europa se reproducen formas del mismo fenómeno de liderazgos anti sistema, que emergen de la destrucción del legado de equilibrio social que coronó la posguerra, a mitad del siglo pasado. Un escenario agravado por el brutal giro que produjo la crisis de 2008, que generó una concentración del ingreso a niveles nunca antes vistos.

 

La consecuencia es un panorama de desesperación social y de repudio a la política, a la ideología y a sus mensajeros porque no hay una resolución tangible que devuelva la capacidad de crecimiento a las masas. Es la ira de los postergados. Se fortalece una noción, que en el pasado fue un hito del fascismo -junto con la herramienta de la mentira como método- sobre que los problemas no existen para el individuo en tanto haya un líder mesiánico que se haga cargo. Frente a esta realidad el historiador Tony Judt remarcó la necesidad de recuperar la democracia abordando la “condición de personas de los ciudadanos”. Es lo que en gran medida garantizaba el estado de bienestar, hoy raquítico o desaparecido para beneficio dialéctico de la mediocridad nacionalista.