La revitalización del nacionalismo es el fenómeno político global más relevante en la segunda década del siglo XXI. Lo es tanto en las relaciones internacionales, como en la política interna. Mientras la “anti-política” es un fenómeno occidental, el retorno del nacionalismo lo es mundial.


Nacionalismo, globalismo y patriotismo

Por Rosendo Fraga para El Cronista


El Presidente Xi de China es cada días más un líder nacionalista, antes que marxista. El Primer Ministro Modi de la India es ante todo un nacionalista hindú que ha endurecido las políticas hacia la minoría de 280 millones de musulmanes que viven en el país. El primer ministro de Japón, Abe, es el primero desde la Segunda Guerra Mundial que visita la tumba de los soldados japoneses caídos durante la Segunda Guerra Mundial, dando también un sesgo más nacionalista a su política de defensa. Rusia es una gran potencia euro-asiática y su Presidente, Putin, es sin duda un líder nacionalista. Hay una serie de potencias sub-regionales, como Turquía, Irán, Israel, Arabia Saudita, Egipto, Pakistán y Filipinas entre otros, cuyos líderes asumen posturas nacionalistas tanto en política interna como exterior.

En Occidente, la consigna de “American First” de Trump es la expresión del mismo fenómeno en la primera potencia global. Los gobiernos y movimientos nacionalistas van en aumento en Europa. En América Latina, los nuevos Presidentes de México, López Obrador y de Brasil, Bolsonaro, asumen posturas nacionalistas aunque con orientación ideológica diferente.

El Presidente de Francia, Macron, durante su primer año de gobierno, pareció fluctuar entre el nacionalismo y el globalismo, generando una contradicción que buscó resolver con el patriotismo. A comienzos de 2018, en un reportaje del diario alemán Der Spiegel, ante la pregunta de cómo es vivir en el Eliseo, respondió: “Cuando uno recuerda que en este mismo lugar vivió Napoleón, Napoleón III y De Gaulle, se siente el eslabón de una historia”. En abril, al visitar EE.UU. habló ante el Congreso, el mismo día que lo hiciera De Gaulle en 1960. Aumentó el presupuesto para la enseñanza del francés en el exterior y ratificó la obligación de que este idioma sea la única lengua en Córcega, donde hay un movimiento separatista. Tras una primera decisión de bajar el gasto militar, optó por aumentarlo, diciendo “Francia es y será la primera potencia militar de Europa”. En África mantuvo e incrementó el despliegue militar francés como es el caso de Malí. En negociaciones comerciales como la de UE-Mercosur, la detuvo para proteger al agro de su país. Toda esta actitud parecía contradecir la idea de que era un líder globalista, opuesto al nacionalismo. El Presidente francés, en el segundo trimestre de 2018, buscó resolver la contradicción, asumiendo que no era ni un nacionalista ni un globalista, sino un patriota francés. Pero en su discurso del 11 de noviembre, al conmemorarse el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, dio un giro, planteando que el patriotismo es lo opuesto al nacionalismo. El Presidente francés acompañó con esta definición conceptual, su decisión de sumar esfuerzos con Alemania para dar forma a las Fuerzas Armadas europeas, en paralelo a la OTAN. Ello generó una dura réplica de Trump, quien reiteró su exigencia de que Europa contribuya más al financiamiento de la defensa transatlántica y con ironía dijo “Por cierto, no hay país más nacionalista que Francia gente muy orgullosa y con razón”. Macron dijo “El patriotismo es el exacto contrario al nacionalismo. El nacionalismo es su traición”. Planteó como antónimos, dos términos que generalmente se han entendido como sinónimos. Pero el Presidente francés ha tomado la tesis del escritor inglés George Orwell, que en 1945 en su ensayo “Sobre el nacionalismo” decía “No hay que confundir el nacionalismo con el patriotismo.El patriotismo es por su naturaleza defensivo, tanto militar como culturalmente. Por otro lado el nacionalismo es inseparable del deseo de poder”.

 

La cuestión es que de alguna forma, Macron y Merkel plantean un europeísmo, que aunque no lo quieran, transfiere el nacionalismo hacia un continentalismo. Es que crear Fuerzas Armadas europeas, no sólo es desconfiar de la eficacia de la alianza militar con los EE.UU., sino también en que el marco multilateral que defiendan sea eficaz para evitar las guerras.

Coincidente con el giro de Macron sobre que el patriotismo es el opuesto al nacionalismo, un planteo similar comienza a gestarse en las fuerzas progresistas o de izquierda. Alicia García Ruiz -profesora de filosofía de la Universidad Carlos III de Madrid- al referirse al discurso del Presidente francés dice que da “la posibilidad de una interpretación del término (patriotismo) susceptible de ser asumida, con buenas razones, por un pensamiento progresista”. Argumenta que el término debe sacárselo a la oleada de nacionalismo ultra-conservador, cuya idea de país compartido, se desarrolla sobre premisas de carácter étnico y de tendencia homogeneizadora, que rechaza el pluralismo en la constitución de la sociedad, optando por la exclusión del otro. Una debilidad fundamental del globalismo, es la carencia de un contenido emocional, el que es cada vez más relevante en la vida política, pese al avance de la tecnología en todas sus manifestaciones. Es que la pasión, ha jugado -y juega- un rol importante en la política. Es en este marco, que el sentimiento de pertenencia a un país, no puede ser desdeñado ni subestimado. Los conflictos de identidad son una fractura global, más allá de continentes, regiones y naciones. El resurgimiento de los separatismos, también es un fenómeno nacionalista. Está inspirado por el nacionalismo tanto quien aspira a transformarse en un nuevo estado, como aquel que quiere impedirlo para que no escindan el propio país.

Pero esta presentación del globalismo como patriotismo, es una de las causas de la crisis política que afecta al Presidente francés. Los “chalecos”, fueron incorporando gradualmente la bandera francesa como símbolo de protesta. Detrás del rechazo al aumento de tarifas, se encuentra también la resistencia a pagar el costo de financiar la sustitución de las energías contaminantes para defender el medio ambiente. Y el intento de encubrir el globalismo con una pátina de patriotismo, intentando recurrir a la parte emocional de política, parece no haber resultado. Que Mary Le Pen hoy supere en un par de puntos en las encuestas al Presidente, confirma que el nacionalismo, es una de las causas que subyace detrás de los “chalecos”, aunque no sea la única.