Fue reelecto como presidente de la Cámara de Diputados y reivindicó la rosca política.

Monzó mandó un mensaje interno | Ricardo Kirschbaum

Emilio Monzó reivindicó este miércoles una palabra de muy mala fama: la rosca política. Pero ensayó una nueva definición. Se trata de la conversación, diríamos la discusión o la negociación, en la que cada parte pone “un gran porcentaje de lo que es en la vida”. Para esta reivindicación el diputado del PRO aprovechó su cuarta reelección como presidente de la Cámara de Diputados, votado por todos los bloques, excepto por la izquierda que se abstuvo. En este beneplácito generalizado hay mucho de él pero no todo es de él.

La situación de minoría del oficialismo, situación que no se modificó a pesar del triunfo en las legislativas de 2017, lo obligó a construir mayorías. Y a empoderar la política en un colectivo en el que esa noble práctica resultaba, al menos, sospechosa. Cuando no, era una de las rémoras del pasado que el macrismo se proponía remover.

Todavía se puede encontrar ese pensamiento que ha permeado tan bien Durán Barba en un grupo de dirigentes que ha llegado a la función pública desprovisto o con muy poca trayectoria en la política.

 

Monzó siempre ha sido un sapo de otro pozo en esos ámbitos y la relación con la Casa Rosada ha sido muy inestable. La última etapa había sido la decisión del diputado – de origen liberal pero luego devino peronista, en una parábola que tuvo imitadores- de retirarse a una embajada, agotado por las intrigas palaciegas que segaban los avances que se habían logrado en las negociaciones con la oposición. También es cierto que la realidad -y las rectificaciones- devolvieron a Monzó una y otra vez al centro del ring.

Por eso, al mencionar la rosca estaba subrayando la importancia de la negociación política cara a cara, no por las redes sociales.

Párrafo transparente con dedicatoria incluida para Marcos Peña y también Durán Barba, que le han dado a la estrategia digital un lugar central en la política del PRO. Y que han sido consecuentes en que las prácticas que hoy reivindica Monzó eran reflejos del pasado.

Los acuerdos que permitieron al gobierno de Macri avanzar en el terreno legislativo han sido posible por la negociación con sectores de la oposición en todos los casos. Monzó tuvo aliados en esa tarea: Mario Negri y Rogelio Frigerio, aunque muchas veces entre éstos saltaron chispas. Ya se sabe: los radicales con Frigerio no tienen buena química, siendo moderados en la definición. Quizá todavía en los genes de ellos esté aquella escisión de la UCR en el Teatro Alberdi de Tucumán entre Frondizi (que luego se alió con Rogelio Frigerio, abuelo del actual ministro) y la UCR del Pueblo de Ricardo Balbín.

 

¿Qué fue, si no, la aprobación del Presupuesto una “rosca” con los gobernadores?

Monzó fue uno de los participantes este miércoles en la reunión con los radicales Cornejo, Negri y Naidenoff para definir cuestiones electorales de Cambiemos. El equipo macrista estuvo formado, además del reelecto titular de Diputados, por Peña, Rodríguez Larreta, Schiavone y Frigerio. Allí también se “rosqueó” internamente para determinar las conductas del oficialismo en cada distrito electoral, excepto Córdoba en el que todavía no se definió el partido pero en el que la UCR quiere controlar la pelota, dejando afuera a Baldassi.

Por supuesto que esta capacidad negociadora de Monzó brilla también por contraste. Y este brillo no garantiza futuras opacidades en el trasiego de la política. El palacio es implacable en las intrigas.