No hay duda de que los nuevos gobiernos de México y Brasil tienen implicaciones históricas profundas para sus países y nuestra región, pero nada de esto tiene que ver con un superclásico entre populismos

América Latina vive tiempos de cambio. Los países más importantes de la región: México y Brasil parecen representar dos alternativas antitéticas. A pesar de esto, sus diversas realidades se reducen, se distorsionan mediante el abuso del término populismo. El resultado es el estereotipo que empaña el análisis de ambos países y de América Latina en su conjunto.

El nuevo presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador es un hombre de izquierdas que reivindica la tradición juarista mexicana decimonónica y que es un producto del ala cardenista del PRI. Es un político profesional, más bien un producto típico de la cultura política mexicana y no un populista al estilo del venezolano Hugo Chávez o Rafael Correa de Ecuador.

A diferencia de líderes populistas como el Coronel Juan Domingo Perón, el mismo Chávez y también Jair Bolsonaro, AMLO nunca fue partidario de posturas golpistas. El pasado mexicano ofrece datos para pensar la novedad de AMLO pero esta historia no es la del populismo sino la un Estado mono-partidario que fue transformado en una también problemática transición a la democracia.

La mal llamada “marea rosa” del populismo “nacional y popular” de la región nunca fue más que una expectativa de sus postulantes. No fue un reflejo de gobiernos que, de hecho, fueron muy disimiles e incluso totalmente diferentes. En cualquier caso pocos quedan entre ellos, con la excepción de Evo Morales en Bolivia y Nicolás Maduro en Venezuela. Éste último se ha alejado del populismo propiamente dicho, que es una forma de democracia autoritaria para acercarse a su reverso que es la dictadura.

 

En suma, AMLO no solo no es un populista sino que incluso si lo fuera no tendría socios regionales en el gobierno. Aún más, AMLO ha dicho que la “mejor política exterior es una buena política interior.” Por su parte, Bolsonaro pretende que Brasil asuma un rol central para “consolidar” en América Latina la “nueva línea” política que “nació” con su victoria. Según Bolsonaro, “todos” en América Latina “saben cuales son las consecuencias de la izquierda.” Si bien es cierto que AMLO y Bolsonaro en Brasil se han convertido en símbolos de la izquierda y derecha respectivamente, a nivel global el primero es menos representativo que el segundo.

Ambos líderes no representan lo mismo ni tampoco son las dos caras de la misma moneda. En el ámbito económico, mientras que en México el neoliberalismo no ha tenido contrapeso desde los años 80, en Brasil, Bolsonaro se ha presentado como un acérrimo defensor del “libre mercado.” Son antagónicos, sin duda, pero mientras que AMLO no parece tener vocación de liderazgo regional y menos aún global, Bolsonaro ya se ha mostrado como un disruptor a nivel internacional. Sin haber asumido la presidencia, ya prometió un alineamiento acrítico con el trumpismo americano. Hablo de trasladar la embajada brasileña en Israel a Jerusalén, abandonar el acuerdo de Paris y sus esbirros más cercanos criticaron al Mercosur.

No hay duda de que los nuevos gobiernos de México y Brasil tienen implicaciones históricas profundas para sus países y nuestra región, pero nada de esto tiene que ver con un superclásico entre populismos.

Sin duda, AMLO y Bolsonaro son líderes carismáticos e incluso, a pesar de que ambos se dedican profesionalmente a la política desde hace décadas, los dos quieren representar la “anti-política”. Pero AMLO es un político bastante tradicional, mientras Bolsonaro es un populista extremo, quizás en proceso de transición apurada hacia el neo-fascismo.

 

Se sitúa casi en la frontera entre el fascismo una dictadura y la forma democrática del populismo. Cuando habla se parece muy poco al Coronel Juan Domingo Perón y a Getulio Vargas y mucho más a Hitler y Mussolini. AMLO parece querer volver a tradiciones previas de la política mexicana, en particular el cardenismo.

AMLO dice que quiere convencer a los que piensan distinto, habla de “mafias del poder” pero hasta ahora no ha demonizado a la oposición. Bolsonaro tiene otras ideas. Ya no se puede hablar de populismo cuándo se deja hablar de interlocutores y adversarios en democracia para presentar, su anverso, es decir el autoritarismo que no solo piensa a las minorías electorales como enemigos de la nación y que pretende eliminarlas de la vida política. O como dijo Bolsonaro en la cumbre de la derecha latinoamericana organizada por su hijo en Foz de Iguazú este fin de semana: “hay que exterminar a la izquierda del país.” Las amenazas a la democracia son tristemente pertinentes en la cuarta democracia más grande del mundo. El interrogante brasileño, y el modelo que sus adalides propondrán a la región es si Bolsonaro gobernara como un trumpista extremo o como un Pinochet o un Mussolini. Lejos está México de esta situación: su disyuntiva es que tantos cambios darán o que tanto se parecerá AMLO a sus predecesores del PRI.

La disyuntiva entre el nuevo modelo de Brasil y el mexicano, no es la de populismo de izquierda versus populismo de derecha, pues AMLO no hizo campaña populista y se mantienen dudas sobre si gobernará como tal. Bolsonaro en cambio, hizo campaña más como un fascista que un populista. El “mito” Bolsonaro es un líder que se cree trascendental, que solo él representa la voluntad de su país y de Dios y que se piensa más allá de la crítica y de la política.

En México se abren posibilidades de profundizar la democracia. El futuro dirá si este es el caso o si los mexicanos, con AMLO a la cabeza, habrán desperdiciado una nueva oportunidad. La democracia no está en peligro en México. No se puede decir lo mismo de Brasil.