Un recorrido de 1.200 kilómetros por la frontera caliente de la droga. Los controles para detener el flujo de cocaína. Los bagayeros que pasan pequeñas cantidades y la lluvia de coca desde los aviones.

La cocaína es como un camión cargado de ladrillos: por donde transita, va dejando el polvillo. Y acá en la quebrada que separa a la boliviana Yacuiba de la argentina Salvador Mazza se pueden ver claramente los pasillos por donde pasa el “bagayeo” tradicional de cualquier frontera del mundo junto al ahora incesante narcotráfico. Las cargas, en el lado boliviano, se acopian en galpones o simples cobijos armados con ramas y tirantes de algarrobos y palos blancos. Y comienza el juego del gato y el ratón.

Los “bagayeros” esperan el descuido del gendarme para atravesar la cañada por donde pasa un hilo de aguas servidas y correr entre la basura que ellos mismos tiran para impedir el paso de las patrullas. En apenas segundos están del lado argentino. Y allí van acopiando otra vez, medio kilo, dos kilos, un kilito más de pasta base o cocaína ya depurada.

Unos días más tarde el cargamento está listo. Un auto con 50 kilos camuflados donde antes estaba el air bag o el sistema de movimiento del asiento, los paragolpes, o simplemente dentro de latas de aceite, diluida en gasolina, embadurnada de dulce de leche, adentro de mil zapatillas. Si es posible lo recubren todo con resina plástica para evitar que los perros las detecten. Y allí comienzan a bajar tratando de sortear todos los controles que les pone Gendarmería y que convergen en el antiguo puesto de Aguaray.

Ahí, a 22 kilómetros de la frontera por la ruta 34, la ruta blanca, los gendarmes se convierten en verdaderos mecánicos expertos en armar y desarmar en minutos autos, camiones, motos y carritos. Para eludir el control, algunos bajan la carga, la pasan con “muleros” por entre los campos y la vuelven a cargar unos kilómetros después tratando de eludir las numerosas patrullas y baquianos.

A veces entregan un cargamento para llevarse otros tres. El que logra pasar va directo por esta ruta para entregar la carga a las bandas que operan en Santa Fe, Córdoba o el Gran Buenos Aires. La meta final es estar en menos de un mes en Madrid o Lisboa con 500 kilos de cocaína pura, el equivalente a unos 100 millones de euros. El primer bagayero recibirá veinte pesos por el tramo inicial del cruce de la cañada.

Los cuatriciclos de los gendarmes a vanzan a toda velocidad por la quebrada binacional. Pasan el puente internacional por debajo y siguen hasta el límite máximo del paralelo 22. Ahí, en la punta misma, en el hito uno, en el paraje El Sauzal, en tierra de nadie, una banda de bolivianos, argentinos y colombianos había levantado hace un año una “cocina” en la que usaban el “método colombiano” de triturar las hojas de coca, pasarlas por acetona y gasolina hasta lograr la pasta base de la que, luego, se purifica y obtiene la cocaína.

Se necesitan 500 kilos de hojas para lograr un kilo de cocaína.

En El Sauzal se encontraron dos “montañas” de casi diez metros de alto de hojas de coca desechadas después de ser trituradas y que se les sacara el jugo. De todos modos, esta “cocina” fue una excepción. Los grandes centros de elaboración de la pasta base están en Bolivia y Perú. Por detrás, siempre, aparece la conexión con algún cartel colombiano, particularmente el de Cali, o los mexicanos de Sinaloa. Y cuando quieren pasar un cargamento grande de cocaína pura que ya tienen colocado en España o Portugal (los principales mercados de entrada a Europa) utilizan la vía aérea. “Los aviones grandes van a campos de Santiago del Estero, donde muchos productores son cómplices, dicen que no se enteran de los aterrizajes pero por debajo reciben sus buenos billetes. Y los aviones más chicos vienen acá a Salta, a la zona de Anta, donde hay varias fincas buenas para bajar. Ya tienen todo montado. No se olvide que acá sólo en la zona de Orán residen unos 4.000 colombianos y algunos mexicanos que se dedican a controlar los envíos”, explica un ex agente de la DEA, la agencia antinarcóticos estadounidense, que trabajó haciendo inteligencia en el norte argentino hasta que el gobierno nacional decidió no continuar con los acuerdos de cooperación. Los aviones sobrevuelan, lanzan su carga blanca y regresan a Bolivia. “Aquí hubo verdaderas lluvias blancas, de paquetes de cocaína. Yo tengo tres casos. Pero hubo muchos más en Jujuy, Santiago, Tucumán”, agrega el juez federal de Orán, Raúl Reynoso, que tiene a su cargo casi 7.000 casos relacionados con el narcotráfico

Es que en esta frontera confluyen todos los elementos necesarios para el narcotráfico. Del lado boliviano se produce la coca, unas 45.000 toneladas de hojas al año. De éstas, 20.000 toneladas son utilizadas por la población para el mascado de una bola de hojas, y para otros usos medicinales. “Las otras 25.000 se desvían para el narcotráfico”, denunció la última semana el diputado opositor de la Convergencia Nacional boliviana, Adrián Oliva.

En Perú se producen 70.000 toneladas de hojas. Es el mayor productor mundial. Del lado argentino no crece el arbusto.

Una vez que se pasa la línea de Santiago del Estero, los cargamentos llegan en forma muy fácil hasta los puertos de salida de la producción de granos en toda la costa del Paraná y Buenos Aires. “Buscan barcos de cargas medianos y puertos donde no haya buzos tácticos.

De esa manera, antes de arribar colocan la carga de drogas adosadas a la quilla con grandes sopapas o imanes. Cuando los inspectores suben al barco no encuentran nada.

La cocaína está debajo del agua y la sacan por la noche con la anuencia de algún vigía corrupto de algún puerto del Mediterráneo”, explica el profesor Edgardo Buscaglia, presidente del Instituto de Acción Ciudadana de México, quien elaboró un estudio sobre el narcotráfico en la Argentina en 2011 para Naciones Unidas.

Y a todo esto hay que sumarle los precursores y químicos varios con los que se refina la pasta base o se producen otras drogas como las metanfetaminas y que abundan en Argentina. De acuerdo con la consultora DataMyne, que recopila información sobre exportaciones e importaciones en el mundo, al país llegan 17 veces más químicos de los que necesita la industria local para su producción

Sobrevolamos en helicóptero el tupido bosque salteño. Por la ruta 34 avanzan autos antiguos recargados hasta lo imposible con bolsas plásticas multicolores. Los gendarmes se suceden en tres puestos cada diez kilómetros hasta los scanners de última generación en Aguaray. Por la radio del piloto se escuchan informes de que hace un momento se decomisaron 60.000 dólares camuflados en una cubierta de repuesto; hacia el sur, por la ruta 34 detuvieron un Corsa con los paragolpes reforzados con 11 kilos de cocaína; en Rosario de la Frontera detectaron una Hilux robada en Buenos Aires para ser cambiada por droga junto a un BMW y un Audi, también robados en el conurbano. A éstos ya los conocían, pertenecen a la banda de César Villatalco conectado con narcos bolivianos y colombianos.

De todos modos, los gendarmes celebran otra victoria después de meses de seguimiento de uno de los carteles más poderosos. El miércoles 20 lograron secuestrar cuatro avionetas que habían llegado a Santo Tomé, en Corrientes. Lo hicieron a través de Paraguay. Esa es ahora otra frontera caliente. En la última semana hubo tres enfrentamientos a tiros en el cruce del río Pilcomayo. “Argentina aún no tiene un nombre como país narco pero ya es un lugar importante para las operaciones de todos los grandes carteles internacionales y sus actividades aumentan a ritmo vertiginoso”, comenta desde Washington Luis Sierra, el subdirector para investigaciones en el Hemisferio Occidental del Departamento de Seguridad Interior (Homeland Security).

Abajo, en San Salvador de Jujuy, está el juez Carlos Olivera Pastor que tuvo un clásico ejemplo del accionar de los narcos mexicanos y colombianos. Hace unos meses, un guardia del juzgado número dos encontró una caja clásica donde se archivan los expedientes. Se la alcanzó a Olivera Pastor creyendo que se la había olvidado. Cuando el juez la abrió encontró una cabeza humana. Al mes siguiente, dos hombres golpearon salvajemente al secretario del juzgado. Olivera Pastor está desde entonces de licencia.

En julio del 2012 fue asesinado en Barrio Norte, Héctor Jairo Saldarriaga, “El Daga”, que había trabajado como sicario de Daniel “el loco” Barrera, el capo del cartel de Guaviare y el narco más importante de Colombia, hasta que fue arrestado hace unos meses en Venezuela. Ambos están relacionados tanto con la guerrilla de las FARC como con los paramilitares.

Una semana más tarde también fue arrestada en Nordelta, Ruth Martínez Rodríguez, ex esposa de El Loco Barrera que intentaba enviar a Asia 280 kilos de cocaína dentro de unos muebles estilo Louis XV.

El “Chapo” Guzmán, el capo mexicano más célebre, que ocupa la lista de la revista Forbes como el hombre más rico de su país con una fortuna de al menos mil millones de dólares, también tuvo su intento de penetración en Formosa, cerca de la frontera paraguaya. Envió a una mujer, María López Madrid, que puso en funcionamiento tres sedes de una llamada Iglesia Evangélica del Nuevo Milenio desde la que organizaban la entrada de cocaína y marihuana por Paraguay y la sacaban en lanchones de carga a través del Paraná.

“En Argentina hay seis carteles narcos ya instalados”, dice Claudio Izaguirre de la Asociación Argentina Antidrogas. “Todo el este, con los puertos de Rosario, San Lorenzo, Ramallo, etc. está controlado por los colombianos; los mexicanos dominan el norte de Buenos Aires y son netos exportadores de cocaína a Europa; los bolivianos transportan desde el norte, controlan en Salta y operan desde el barrio de Liniers; los peruanos hacen lo mismo desde Jujuy hasta el bajo Flores; los dominicanos mezclan el menudeo con la prostitución y los garitos clandestinos con epicentro en Constitución; los argentinos pueden ser mediadores en todos estos negocios y hay una banda importante que se maneja desde Villa Soldati”.

El helicóptero avanza hacia Orán. Debajo, frente a la terminal de ómnibus está el primer centro de acopio de los “bagayeros”, un enorme tinglado desde donde parten centenares de vehículos con todo tipo de mercadería para vender en las ferias como La Saladita. Entre medio están operando los narcos para seguir dejando el polvillo por todos los caminos hasta los puertos donde ese tonto ladrillo blanco se convierta en una fortuna o los lleve a la cárcel.

POR GUSTAVO SIERRA. SALTA. ENVIADO ESPECIAL.

F; clarin