Expediente Lady Di: la princesa que tuvo que morir para alcanzar la gloria

En agosto próximo se cumplirán 20 años de su partida. Dueña de una impronta única, fresca, supo conmover por su humildad. La vida de “la princesa que quería vivir”, pero cuyo legado tardó en reconocerse

Lady Di, una princesa que murió ates de tiempo

Lady Di, una princesa que murió ates de tiempo

Primeras horas del primer día de septiembre de 1997. Hospital de la Salpêtrière, París. Los médico declaran oficialmente muerta a Diana Spencer, de 36 años, víctima de un accidente: el auto en el que viajaba se estrelló la noche antes dentro del Túnel de lÁlma, margen norte del río Sena. También han muerto su novio, Dodi Al-Fayed, millonario, hijo del dueño del mítico hotel Ritz, y Henry Paul, el chofer. Sólo sobrevivió Trevor Rees-Jones, guardaespaldas de Dodi.

El escueto informe policial informa que Trevor era el único que llevaba puesto el cinturón de seguridad. Medio mundo se estremece. Porque a la muerta le han bastado apenas dieciséis años para construir su leyenda. Pero no era una plebeya que sacudió las telarañas de la Corona, como les habría encantado a las almibaradas revistas del corazón… No.

Lady Diana Frances Spencer, nacida en Park House, Sandringham, Norfolk, Inglaterra, el primer día de julio de 1961 a las siete menos cuarto de la tarde, expirado ya el five o’clock tea, y bautizada por todo lo alto –uno de sus padrinos fue John Floyd, presidente de Christie’s–.

Sandringham el primer día de julio de 1961 –preludio del Swinging London, la híper movida contracultural “audaz, frenética e irrepetible”, según sociólogos de fuste–, tomó su primer bocado en cuchara de plata.
Fue la hija menor de Hija menor de John Spencer, VIII conde de Spencer, y de la honorable Frances Ruth Burke Roche, hija de Mauricio Roche, IV barón de Fermoy.

El estilo de Lady Di fue uno de los más icónicos de la historia de la moda

El estilo de Lady Di fue uno de los más icónicos de la historia de la moda

Hasta ahí, muy poco para urdir una saga legendaria. Pero su vida se acelera. Sus padres se divorcian (1969). Diana, su madre y su hermano menor van a vivir a un departamento en Knightsbridge, Londres. Asiste a una escuela regular. Como cualquier hija de vecino, diría un porteño.

Su madre pierde la custodia en un duro juicio. Diana y su hermano quedan en manos del padre, que se casa con Raine, condesa de Dartmouth, hija única de la novelista romántica Barbara Cartland. Pero Diana no comparte ni un día con su madrastra. Asfixiada, se impone una especie de exilio. De independencia familiar.

Pasa por tres escuelas con bajas notas. Comentario en sus boletines: “Mala estudiante”. Intenta ser bailarina. Toma clases. Se aburre. Se va. Sólo se destaca en el agua: gran nadadora, y certera buceando con arpón. El que le clavó en el corazón al príncipe Carlos. Empezaba, ahora sí, la leyenda.

Una joven Diana, antes de conocer a Carlos

Una joven Diana, antes de conocer a Carlos

Las cosas sucedieron así…

Diana conoció a Carlos apenas a sus 17 años. Era asistente en el jardín de infantes You England, Knightsbridge, mientras el príncipe alto y de cara rojiza estaba en pleno amorío con Sarah, la hermana mayor de Diana. Pero tanto va el cántaro a la fuente, que si no es tonto se aprende el camino.

Paseo va, paseo viene, discoteca va, discoteca viene, chimento va, chimento viene (la prensa, ¡chocha!), y el 24 de febrero de 1981, luego del comunicado oficial de Buckingham, Carlos la presentó ante su madre, la eterna e inoxidable Isabel II, como su prometida. Y selló el acto con un histórico anillo de zafiro y diamantes que había pasado por muchos dedos reales, pero no necesariamente fieles.

La Madre Teresa junto con la princesa Lady Diana

La Madre Teresa junto con la princesa Lady Diana

Boda de campanillas, como reza el lugar común. Sucedió el 29 de julio de 1981 en la Catedral de San Pablo, Londres. Presentes: todas las casas reales, menos Juan Carlos I de España, porque la luna de mil incluía una escala en el usurpado Peñón de Gibraltar.

Pero, convertida Diana en “Su Alteza Real la princesa de Gales”, las malas lenguas –que a veces no mienten– empezaron a moverse a un altísimo kilometraje por hora.

Caramelos surtidos en boga: “Ella tiene apenas veinte años… ¡Carlos le lleva trece!” (en realidad, crítica muy estúpida); “Todo el mundo sabe que él está enamorado de Camila”; “Camila tiene un pasado tumultuoso, pero a Carlos no le importa”; “La reina la prefiere: nunca comulgó con Diana”; “Carlos le dijo a un amigo que no amaba a Diana, pero que trataría de hacerlo”; “Se casó con ella porque su madre, la reina, sospechaba que la sexualidad de su hijo… en fin”. Etcétera.

Aclaración del Factor Camila. Nombre: Camila Shand. Por matrimonio: Parker Bowles. Nació el 17 de julio de 1947: cuando Carlos y Diana se casaron, tenía 34 años. Uno más que él. Siempre se amaron: antes, durante y después de los años de Carlos con Diana: ya Lady Di (pronunciar Leidy Dai). Como lo prueban las escatológicas charlas telefónicas –allá también pinchan, y mucho, las llamadas– entre ambos. ¿La peor de él a ella?: “Quisiera ser tu tampón para estar donde sabes”. ¡Un asco!

Diana, “Su Alteza Real la Princesa de Gales”

Diana, “Su Alteza Real la Princesa de Gales”

Llegaron dos hijos: los príncipes William y Harry. El matrimonio coronó –o abrumó– a Diana con títulos reales: Diana Frances Mountbatten Windsor, condesa de Chester, duquesa de Rothesay, condesa de Carrick, baronesa de Renfrew, y Señora de las Islas.

Una prisión dorada. Con un Carlos cada vez más indiferente: sus pasiones, además de Camila, se volcaron a la botánica, y a la ecología en general. Y Diana se cortó sola, como diría un burrero porteño…

Eligió, con pasión indiscutible, la filantropía. Las causas humanitarias. Ayudó a niños pobres en África. Presidió decenas de fundaciones benéficas. Caminó con Nelson Mandela, con el Dalái Lama, con la Madre Teresa de Calcuta. Acompañó a enfermos de sida, a drogadictos, a ancianos abandonados, a leprosos… Y trabajó en la erradicación de una trampa tan artera como mortal: las minas antipersona.

Y no fue todo.

Tomó un rol activo, casi atlético, como Princesa de Gales, en lugar de pasar sus horas en palacio. Horas de largo tedio. Se involucró enfermos de sida, drogadictos, ancianos desvalidos, leprosos, niños con enfermedades terminales. Digno corolario: su campaña por la erradicación de las minas antipersona mereció el Premio Nobel de la Paz 1997.

La princesa Diana junto a su hijo Harry (Reuters)

Además, mientras la reina y sus súbditos no disimulaban su antipatía hacia ella, y Carlos ponía entre ambos una barrera de silencio y –eso sí– el mejor whisky del mundo, destilado para la Corona, el pueblo inglés (los plebeyos puros y duros sin chance alguna para estudiar en Eton (Colegio del Rey de Nuestra Señora de Eton) la adoraba.

Una ola creciente e imparable de amor. Y también, para las mujeres de clase media, una inspiración: imitar su peinado, el sencillo corte de sus vestidos, el despojamiento de alhajas (traducido hacia abajo en bijouterie), el modo de caminar, la sonrisa, el democrático desenfado. Pero por dentro era un volcán listo para entrar en erupción.

Hacia el final de los 80, la relación de la pareja estaba muerta. Cada uno por su lado. Carlos con su eterna Camila. Diana con su instructor de equitación, el capitán James Hewitt, el cardiólogo paquistaní Hasnat Khan, y Dodi Al Fayed. Pero también, según la prensa y las infidencias del Palacio, varios amantes. Entre ellos, el cantante Bryan Adams, John-John Kennedy, un chofer, un guardaespaldas…

Pero el divorcio fue una interminable cadena legal que recién se concretó en 1996. Diana perdió varios de sus títulos de nobleza, pero ganó un sostén de casi dos millones de dólares por año, y pudo mantener su residencia: el palacio de Kensington, que la Corona le concedió “por el bien de sus hijos”. Un año antes de divorcio, y por la famosa cadena pública londinense BBC, aceptó una entrevista feroz. Una catarsis.

La familia real, cuando todo parecía perfecto

La familia real, cuando todo parecía perfecto

Confesó su bulimia, sus lesiones (¿por intentos de suicidio?: mucho se barajó esa hipótesis), el acoso diario de periodistas y fotógrafos, el escaso apoyo (¿el desprecio?) de la familia real, su infidelidad “”cuando nuestro matrimonio empezó a andar mal y Carlos también cometió adulterio”, y propuso que la monarquía debía cambiar: “Unirse estrechamente al pueblo”.

Pero, a veinte años de su espantosa muerte en ese túnel de París –los cuerpos quedaron destrozados–, hay un enigma no resuelto. Diana y Dodi salieron del hotel Ritz, donde convivían, pasadas las diez de la noche. Los esperaban, como siempre, periodistas y fotógrafos.

Según testigos, para eludirlos entraron rápidamente al auto y huyeron a más de ciento veinte kilómetros por hora. Y a esa velocidad, perseguidos por un par de fotógrafos en sus motos, entraron en el túnel y se estrellaron.

La relación de Carlos y Diana se tiñó de adulterios

La relación de Carlos y Diana se tiñó de adulterios

Pregunta lógica, obvia, hasta infantil. Si ella estaba divorciada, su relación con Dodi era conocida por medio planeta, y ninguno de los dos se había negado a otras fotografías: ¿Por qué no les concedieron a las cámaras un par de minutos, un par de sonrisas, y se fueron a velocidad normal, no como alucinados, y hacia la muerte? Nunca habrá respuestas.

Sí conjeturas: se habló de un plan para matarlos urdido por el servicio secreto de la Corona. Bien se sabe: nada hay más seductor que las teorías conspirativas. Pero años de investigaciones no pudieron probarlo.

El funeral de Lady Di fue una explosión sólo superada por las muchedumbres que celebraron el fin de la Segunda Guerra Mundial. Desde las rejas del Palacio de Buckingham hacia las calles este y oeste, toneladas de flores: algo inimaginable en Londres. Desde James Park y detrás del féretro –siempre cerrado–, ¡dos millones de almas! hasta la Abadía de Westminster. Último acto: el cuerpo de Diana yace desde entonces en una isla artificial, en los jardines de la casa en que nació: catorce mil hectáreas verdes, y un monumento en forma de templo con dos lápidas de mármol con inscripciones y una imagen de la princesa.

Lady Di y John Travolta, en un baile que se convirtió en leyenda

Lady Di y John Travolta, en un baile que se convirtió en leyenda

Pero llegar a esa solución no fue fácil. El rígido protocolo de la Corona no contemplaba el Caso Diana. La reina, indiferente. Nunca la quiso. Sin embargo, la presión de la muchedumbre obligó a crear una figura: “Un entierro único para una persona única”. Esa misma presión impulsó (a regañadientes) a la reina a recorrer los alrededores de Buckingham, cubiertos de flores ya casi marchitas, y saludar a los fieles desde una ventanilla de su Rolls Royce. Además, decreto de luto nacional y banderas a media asta. Tony Blair, flamante Primer Ministro, la llamó “la princesa del pueblo”. Elton John, uno de sus mejores amigos, cantó Goodbye England’s Rose: versión de su famosa Candle in the Wind. Suceso: fue el single más vendido de la historia, en todo el mundo. Más años, más homenajes.

Justicia tardía.

-Año 1999: nace el Premio Princesa Diana para la Inspiración de los Jóvenes.
-Un paseo dedicado a su memoria entre los jardines de Kensington, Green Park, Hyde Park y St. James Park.
-Año 2004: la reina Isabel inaugura la fuente Princesa Diana de Gales en una esquina de Hyde Park.
-Año 2007: sus hijos organizan un concierto por el 46 aniversario natal de Diana y el décimo de su muerte. Actúan Rod Stewart, Elton John, Jason Donovan, Andrea Bocelli, Donny Osmond…, ante más de 60 mil almas, en el estadio de Wembley.
-Agosto 2007: el fotógrafo peruano Mario Testino anuncia la subasta de una foto de Diana, firmada, a beneficio de las víctimas del terremoto en Perú. Apareció en una edición de 1997 de Vanity Fair. Diana, con un vestido negro.
-En 2013 salió a la luz una fotografía de Diana en las rodillas de un hombre… ¡dos días después del anuncio de su boda! Un escándalo, pronto aclarado. Era el aristócrata Adam Russell, tataranieto del primer ministro Stanley Baldwin, y muy amigo de ella.

Lady Di y sus dos hijos: Harry y William

Lady Di y sus dos hijos: Harry y William

Final.

Mucho se ha repetido y especulado con un latiguillo: “La princesa que quería vivir”. Pero no fue feliz en ese empeño. Sólo el amor que volcó en sus obras le pagó con buena moneda. Pero después de que fuera un cuerpo martirizado en el fondo de un túnel de nombre premonitorio: d’Alma. Del alma. La que mantuvo limpia aun entre las oscuridades, las trampas y el desprecio de las testas coronadas.

Comentar

Semanario Cronica del Noa Noticias de Salta y Argentina - Diario Semanal de Noticias de Salta - www.cronicadelnoa.com.ar