PERONISMO CON NESTOR

Por Loris Zanatta para Clarín

Lunes 16 de Abril de 2018

 Pobre peronismo: de la revolución a la resolución. La de la jueza Servini de Cubría. ¿Objeto? La intervención del partido. ¿Motivo? El peronismo está dividido, pierde elecciones, ya no es lo que era. Por el contrario: ya no se sabe qué es. ¿Objetivo? Unirlo, hacerlo resurgir. Sé muy bien que muchos discuten: preguntan quién se beneficia, quién actúa en la sombra, qué fines persigue; las intrigas y los complots hacen la vida más emocionante. Más que la cuestión política, sin embargo, me interesa la cuestión estética: si se la toma con humor, la resolución es una obra maestra del realismo mágico; si se la toma en serio, un torpe ejemplo de incultura institucional.
Leyéndola, cuesta creer lo que se lee: si fuera el documento de un partido, se entendería; no es elegante, no importaría. ¡Pero es una resolución del poder judicial! El partido peronista debe realmente caer en pedazos, si se deja dirigir por un juez; pero el poder judicial tampoco debe estar bien, si considera su deber gobernar a los partidos. No es saludable, no es correcto; en una palabra, no es lindo, no se hace.

Hasta hoy había pensado que si un partido se divide o pierde las elecciones, sería un problema político: de ese partido, de sus miembros, de los votantes, de la opinión pública. Imaginé que el partido se reuniría, convocaría un congreso, discutiría, votaría, elegiría. Pensé que sería un problema de todos, menos que del poder judicial. ¿Qué tiene que ver el poder judicial con eso?

Pues sí que tiene, según la jueza Servini y los peronistas que se dirigieron al tribunal. El partido fundado por el general Perón, escribe, está en “franco retroceso” a las elecciones; peor: las derrotas “han profundizado la división interna”; finalmente, todo esto “podría afectar la propia existencia del partido”. ¿Y? La Jueza ni siquiera finge imparcialidad; toma partido, se une a la hinchada; por un lado, nos cuenta, están los dirigentes leales al partido; por el otro, los traidores. Más que una resolución, suena a cháchara de tertulia entre correligionarios. ¿A dónde querrá llegar?

Continúa: hay demasiada gente, explica la resolución, que “dice ser peronista”. Una pequeña frase arrojada allí, que abre un abismo: la jueza nos dice que hay un verdadero peronismo, que ella sabe cual es y quién lo representa; y que existe un peronismo falso y oportunista. La cosa le resulta intolerable: ¡a este ritmo, el partido también perderá las elecciones de 2019! Como si le tuviera que importar a un juez de la República, erigido en guardián de la unidad y la ortodoxia peronista. Quién sabe porqué los contribuyentes deberían pagarle por eso. Es demasiado: la Jueza se enoja; ya lo había dicho, les espeta a los líderes del partido como si fueran niños desobedientes, “pero mis recomendaciones no han sido escuchadas”.

Y entonces, como nadie la escuchó, se ofendió. Primero les hace la moraleja: se han alejado de la ciudadanía, les dice: no tienen “ideas o proyectos bien definidos”. Luego los castiga: decido “intervenir judicialmente el partido justicialista” y nombrar a Luis Barrionuevo interventor; quién sabe por qué él; no lo explica, se vé que sabe que es “un verdadero peronista”. ¿Por qué tal medida? Pero porque el “peronismo anhela la unidad nacional y no la lucha”. Perón lo dijo, escribe, citando sin sonrojarse las 20 verdades peronistas.

¡Tan grosero es todo y tan lejos de la etiqueta democrática, que en Macondo se reirían! Dejo que otros juzguen su sentido político: no tan sutil, al final de cuentas. Me pregunto solo cómo el peronismo pudo caer tan bajo; qué nudos históricos están llegando al peine; qué tragedia del pasado se repite hoy como farsa. Porque una cosa está clara: lo que sucede hoy es el desemboque de una larga historia.

El peronismo es un sentimiento, se decía un tiempo; peronista era el “ser nacional”, peronistas son todos. No era un partido ni podría serlo: los partidos son partes, fragmentan, dividen lo que Dios quiso unido y cohesionado: la nación, el pueblo. No: el peronismo era “el movimiento nacional”, el todo. Estaba el peronismo, encarnación de la virtud, y los otros, encarnación del pecado. Como tal, el peronismo era una iglesia y profesaba una doctrina: tenía dogmas, escrituras, sacerdotes, exegetas y fieles: el pueblo, su pueblo. Pero si su fundamento era la fe y no la razón, la moral y no la ley, su unidad no era política, sino religiosa. ¿Cómo funcionaba? Mientras vivió el fundador, él era el guardián de la ortodoxia: Perón decidía quién era peronista y quién no, quién era fiel y quién hereje. Los fieles sólo podían darse codazos para conquistar un lugar más cercano al sol, o sea a él.

Muerto Perón, los casos eran dos: o el peronismo seguía siendo lo que siempre había sido, el todo, la religión de la nación; o transitaba de todo a parte, de movimiento a partido, de religión a opinión. En el primer caso, después de la puesta del sol que asignaba y retiraba licencias de ortodoxia, era fácil imaginar qué habría hecho implosión: todos habrían luchado contra todos sobre quién era el heredero: quién era más peronista, más fiel, vertical, ortodoxo, leal. En el segundo caso, el peronismo se insertaría en el sistema democrático fortaleciéndolo.

¿Cómo anduvo? La resolución confirma la respuesta que ya sabíamos: podemos consolarnos observando que es mejor llevar los conflictos a los tribunales que solucionarlos matándose a tiros frente a los aeropuertos; pero la sustancia es la misma: el peronismo sigue buscando un Perón, y siempre encuentra a alguien que aspira a hacerlo, a lo mejor un juez sin sentido del ridículo. ¿Resultado? El peronismo ya no es “el todo” pero no se resigna a ser parte; ya no es un movimiento, pero tampoco un partido; sigue siendo una iglesia en busca de Dios. Hace años que oigo hablar de una nueva generación peronista, culta, preparada e imbuida de cultura democrática. No la conozco pero no tengo motivos para dudarlo. Si existe, es hora que dé una señal.