Los embarazos, la evolución de la sexualidad, la seguridad legal -a veces falsa- que impone un matrimonio, las infidelidades, la ida de los hijos de la casa y otros momentos que marcan la vida y las etapas del amor a largo plazo.

4 momentos claves que atraviesan las parejas que duran muchos años

Estar enamorado podría definirse como ese estado de maravillosa locura en el que aseguramos que el otro está hecho a la medida de nuestros sueños. Son momentos inolvidables, pero –ése es nuestro destino- tarde o temprano a todos llega el momento doloroso de despertar del sueño. Los que lo aceptan y se recuperan, los más afortunados, consiguen convertir la desidealización en amor adulto.


Todas las parejas prolongadas, las que ya llevan varias décadas de unión, pasaron por esta suerte de ritual de iniciación. También descubren que lo que sigue luego es mucho más complejo y sutil: conducir el vínculo a lo largo de las transformaciones que nos impone el tiempo. Pablo Neruda lo decía con claridad: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”; en otras palabras, somos aquellos dos que alguna vez nos enamoramos, pero ya no somos las mismos personas. Repasemos por qué.


1. El nacimiento de los hijos impone dos cambios enormes: el paso de ser hijo a ser padre, y la presencia demandante de un tercero (el bebé) en un vínculo que, hasta aquí, era de dos. Es el momento en que pueden surgir los celos, el sentimiento de exclusión y, en ocasiones, alguna infidelidad. Los hijos son el primer desafío de la madurez.

2. El período de la vida que va de los cuarenta a los cincuenta años de edad suele ser decisivo para el futuro de estas parejas. Llega el primer balance serio de la vida y con él la inevitable conciencia de los límites. ¿Qué tengo, cuánto conseguí en el amor, la familia, el trabajo? El recuento de logros y frustraciones con frecuencia conduce a crisis personales y vinculares. De ahí que sea un período con alta incidencia de engaños y divorcios. Superar estas dificultades exige honestidad, una dosis de coraje y –sobre todo- poder poner el proyecto común por encima de las heridas narcisistas.

3. La adolescencia y creciente autonomía de los hijos, así como la eventual muerte de los propios padres impactan en planos emocionales diferentes, pero convergen en un punto común: el alejamiento de la juventud y el definitivo ingreso en la madurez. Son procesos personales que combinan serenidad, satisfacción y duelos, y que, al ser siempre a destiempo del otro, requieren cada uno a su turno, de la comprensión y apoyo de la pareja.



4. La evolución de la sexualidad. Hay un lugar común que afirma que el matrimonio inevitablemente sofoca el deseo. Es un prejuicio, pero es necesario estar advertido: el erotismo resiste al tiempo, pero no al abandono. Por sobre los cambios que los años imponen a los cuerpos será necesario que cada pareja encuentre su propio ritmo y estilo para conservar un espacio de seducción y fantasía compartida. Lo contrario transforma un vínculo sexuado en fraterno y abre el camino para nuevas dificultades.

Respeto, tolerancia, lealtad y solidaridad. Virtudes, fáciles de enumerar (no tan fáciles de lograr) que siempre se mencionan a la hora de señalar las claves para el éxito de una pareja. Las más prolongadas lo saben bien: aprendieron que, para ejercerlas, necesitaron, además, dominar el arte de hablar de lo difícil.

El amor es una construcción laboriosa, y, cuando perdura a lo largo de la vida, permite alcanzar un logro singular: tener entre dos un mundo interno común.

Por el doctor Pedro Horvat, médico psiquiatra y psicoanalista. Twitter: @horvatpedro.